Pagina Web, Antonio La Torre, Mollendo, Arequipa, Peru, escritos, comentarios

 

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Siendo el último día de Enero, mes del 150 aniversario de Mollendo, tengo que trasmitir a ustedes el canto de un arequipeño, Marcos Verapinto Zeballos, que le canta a la tierra de sus amores. Gracias Marcos, en nombre de tus amigos mollendinos.
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MOLLENDO : AMOR A PRIMERA VISTA


Cuando hacen ya muchos años, escuché por primera vez su nombre de las voces emocionadas de dos de mis hermanos mayores Luz y Manuel sobre un viaje de vacaciones a la playa desde enero hasta marzo, no sabía que mis ojos de ilusionado niño de 8 años, iban a descubrir al día siguiente una de las etapas más hermosas de mi vida.

Eran muchos los preparativos que se hacían y las recomendaciones reiteradas de mi mamá , temerosa de lo que pudiera ocurrir.
Por fin llego el día, muy temprano como a las 6 enrumbamos en una “góndola” de color rojo, que hacía la ruta Tiabaya –Arequipa, desde Tingo hasta la vieja estación del ferrocarril. Todo para mí era nuevo, pagamos los pasajes luego de una larga cola en la boletería. Pocos minutos después estábamos ya adentro, subimos a uno de los coches de color marfil y verde, ubicamos nuestros equipajes y sonó la primera campanada de aviso, mire por la ventanilla y el reloj marcaba las 7.30, el sol de Arequipa iluminaba todo, aún más que mis asombrados ojos encontraban todo el paisaje con una belleza excepcional.

Un movimiento brusco y la pitada de la vieja locomotora a vapor enganchando el convoy, me volvieron a la realidad estaba por primera vez en un tren. Casi sin darme cuenta la máquina empezó su marcha, el vaivén y el ruido de las ruedas de metal habían cautivado mi curiosidad. De pronto los paisajes se sucedían unos detrás de otros, la sorpresa de los primeros momentos no me dejaban procesar fácilmente lo que estaba viendo.

Al pasar frente a la fábrica Leche Gloria, veía mi barrio de infancia Tingo con su estación, y luego cerros y más cerros, un valle corto Uchumayo, y más cerros y largas pampas. Mi ansiedad iba en aumento, aunque comíamos los chicharrones de los vendedores de las estaciones en las que el tren paraba por breves minutos.

Ya entrada la tarde, y luego de reiterados pitos del maquinista asoma la estación de Tambo, y cuando yo miraba embelesado los alfajores con miel. Mis hermanos calmaban mi ansiedad y me decían, luego viene Mejía y pronto Mollendo.
Y así fue, desde el lado opuesto otros pequeños que como yo iban a veranear, colmaban las ventanas para ver el mar por vez primera.
Mi asombro estaba en su punto más alto. Esa inmensa masa de agua con enormes olas estaba a la izquierda de la locomotora que avanzada entre persistentes pitazos y anunciaba así su llegada al puerto.

Estaba en Mollendo, mi ansiosa curiosidad tuvo que calmarse hasta el día siguiente, quería ir muy temprano a la playa a ver el mar que me inspiraba desde ya respeto.

Ahí estaban ante mi fija mirada, el paisaje que jamás habría de olvidar, la estación, el muelle, el puente que lleva a la primera playa, las lanchas con pescadores que empiezan a sacar el producto de trabajo, el Castillo Forga, La Aguadita, el malecón Ratti, la calle Comercio, la compañía de lanchas, La Cable West Coast, el viejo mercado. Todos los paisajes en uno, sus casas de madera con los balcones únicos.
Eran estampas que te marcan para toda la vida, la de los pescadores hombres rudos sacando el producto de su noche de trabajo, arriesgando la vida y desafiando la rudeza del clima en altamar para poder llevar el sustento a sus hogares,
Tenía la suerte de vivir en una antigua y a la vez hermosa casona con una frentera de amplio balcón, que daba a la avenida Alfonso Ugarte y por patio trasero el mar: el objeto principal de mi sorpresa. Era todo un placer para mí, dormir y despertar con el arrullo de las olas reventando en el enrocado natural que tenía a los pies del balcón posterior, aquel que me permitía ver la llegada de los barcos iluminados por mil luces, y del trabajo de los remolcadores y lanchones ayudando en las tareas de abordaje y desembarco.
Aquello era para mí un espectáculo inacabable y entretenido.

El movimiento de ida y vuelta de las pequeñas embarcaciones y el trabajo febril de sus hombres me hacían adivinar el porqué de sus empeños.
Por las tardes al fondo, en el horizonte se podía esporádicamente divisar algún navío que se desplazaba con rumbo desconocido.
Todas las mañanas eran de un ritual festivo, alistar los maletines con toallas, ropa de baño y demás enseres para luego recorrer esa ruta pasando por la vereda del edificio de Cable West Coast, el antiguo muelle, temeroso las primeras veces cruzar el frágil puente que remata en la gruta, la piscina y por fin la primera playa.
Entonces, el primer contacto era de temor y curiosa audacia, ver la magnificencia del paisaje de enormes olas rompiendo ruidosamente en el bosque de rocas que recibe al visitante. Era una perfecta sinfonía del rumor suave y el estruendo tomando totalmente el escenario maravilloso de la primera playa.

El mar de Mollendo no es de mansedumbre, sino más bien rebelde como el espíritu de su gente, del auténtico mollendino, del nacido en el puerto y acunado contradictoriamente a orillas del Pacífico, curiosa mezcla de gentes de coraje y nobleza singular.
Pero había mucho más, sus calles de curioso trazo, amoldadas al caprichoso territorio enclavadas en una inclinada colina, estaban adornadas por casonas de pino oregón americano, con balcones y ventanas coloridas de armoniosos diseños estilo inglés.
El Mollendo que me deslumbró y se acuno en mi corazón, es aquel puerto febril por el progreso, con una importante presencia de familias inmigrantes, inglesas, italianas, palestinas y asiáticas con el aporte siempre progresista de su gente.

Hacen ya más de cuarenta años fueron emigrando a Arequipa, Lima y el extranjero. Al dejar el puerto fueron reemplazados por inmigrantes nacionales, algunos conspiraron contra su progreso. Lejanos están los días de mollendinos cultos que lucharon hasta convertir al puerto en el más importante del sur. Ascendieron a gobernar la provincia y los distritos, políticos ambiciosos y mediocres.
Basta escudriñar en la historia quienes fueron sus alcaldes y su currículo, ahora reemplazados por oscuros personajes algunos de ellos con prontuario.
Estos alquilones presumen de revolucionarios y son simplemente revoltosos. Colgados de la teta del estado, hipotecados a doctrinas fracasadas se oponen a todo, mienten a los poco cultos y amenazan a los débiles de carácter. Se irrogan una representatividad que nadie les endosó. Viven en el griterío y el tumulto.

El inexorable avance de los años parece haber postrado al otrora exitoso pueblo con el manto oscuro del conformismo, de oposición al progreso. Esta parece ser la hora de los alcaldes timoratos y adocenados, de los dirigentes a quienes nadie eligió, los de la democracia del dedo y del murmullo, a los del insulto fácil y la mentira persistente, de los de lentejeros y espartambos.

Mollendo tiene que retomar el tren del progreso y la modernidad, del liderazgo y la cultura, del respeto a las ideas y la verdad.
Mollendo por historia y tradición es mucho más, es como dice su himno entonado por vigorosas juventudes: “una enseña de honradez, patriotismo y virtud” y es a la vez el Puerto Bravo: “donde los hombres por su guapeza son un ejemplo de gran valor”.
Han transcurrido muchos años desde aquel primer viaje para descubrir un rincón hermoso de nuestra Patria, he viajado por muchos confines, pero cada vez que el destino me lleva a visitarlo, me doy cuenta que la quietud de sus noches y su luminoso amanecer, me sellaron de por vida como un ETERNO AMOR A PRIMERA VISTA.


Marcos Verapinto Zeballos
Lugar de nacimiento: Arequipa

 

 
     

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